Sexmereando por el Sexmo de Lozoya (Madrid)

Este año 2019, el Día de la Tierra caía el 9 de junio. En el Día de la Tierra existe la tradición de ensalzar (los modernos dirían eso de “poner en valor”; olvidan la riqueza del castellano, que cuenta con sinónimos a mansalva: promocionar, promover, revitalizar, valorar, dar a conocer, ensalzar, exaltar, publicar… Se admiten incluso matizaciones) los Sexmos, al menos en la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia; es un día móvil, el primer domingo tras Pentecostés. Todo depende de la luna.

 Un puñado de Sexmeros nos decidimos a cruzar la sierra, la mal llamada sierra de Madrid, que es la Sierra de Guadarrama, llamada así desde tiempos árabes “Montaña que separa los dos rios (el Duero y el Tajo), en definitiva, nuestra sierra. Aquende y allende sierra, siempre fueron segovianos hasta la llegada de los reyes expoliadores.

En fin, que tocaba este año dar pedales por los caminos que recorrieran los antiguos gabarreros más allá de Navafria, por las proximidades del río Lozoya -no habrán abrevado allí caballos de camino a Segovia, o mulas y bueyes que llevaran nuestra lana y nuestro trigo a la capital del reino y sus proximidades- Nos recibieron con hospitalidad castellana en el Hotel Ciclo Lodge – el Nevero. Un hotel pensado por ciclistas y montañeros para ciclistas y montañeros, con inmejorables instalaciones para ir la grupeta de finde y establecer allí el campamento base y repostar con buenas viandas y cerveza fría, como es de recibo. Tras un café mañanero, cargó Josema el track en su garmin, y esta vez sí, fuimos en el sentido correcto, así que subimos por donde había que subir y bajamos por donde había que bajar. Venían dos buenos galgos desentonando con el amarillo sexmero: el bueno de Omar, y Nacho, de Azud. La chispa la ponían las eléctricas de Emilio, Félix y Fernando; éeste último y Ángel estrenaban equipación como sexmeros.

La previsión era hacer una ruta en forma de ocho, con un primer tramo de 47km con vuelta a Lozoya y otro de 24 subiendo a la Horizontal. Pero según se desarrolló la ruta, con contínuas paradas, algunas de ellas largas para esperar a los rezagados, y con multitud de fotos, hubo que acortar el viaje, cuál toro resabiado que va al bulto y no a la muleta.

La ruta fue de esas disfrutonas; sin ritmo fuerte, disfrutando de parajes hasta ahora desconocidos y de gran belleza. Bordeamos el embalse de Lozoya, y fuimos pasando por varios pueblos serranos, dando recuerdos por cada finca de los callaos que pasábamos de largo. Nunca antes habíamos visto tanto cementerio en tan pocos kilómetros. Bien pudiera llamarse el valle de la Muerte. Llegamos a Rascafria de chascarrillo, y tras pasar por detrás de las Presillas, comenzó la cosa a empinarse, para subir por pista forestar ancha y cómoda hasta la Morcuera. La subida es larga y tendida, se lleva bien, pero cuando crees que has coronado, faltan dos repechos más. Se sube bien, al abrigo de los robles y fresnos y después los pinos. Recuerda a la subida del Pasapan.

Al llegar a la carretera, bajamos unos 500 metros por la carretera para enlazar con otra pista, que tiene una bajada larga, muy larga, y en ocasiones técnica (subirla es un buen reto, más o menos recuerda a la subida desde Collado al Paso de las Palomas). Más fotos, gemelos cargados tras la bajada, y volvimos a llegar al río, antes de que éste “muera” en el embalse.

Otra vez nos reagrupamos en un buen puente sobre el río. Desde el puente vimos que el lecho no era muy profundo, que la corriente no parecía muy fuerte y que el fondo era de piedras. Consecuencia: Emilio mete el turbo para cruzarlo y refrescar los pinreles, el primer tramo hasta una isleta se le dio de lujo, pero a mitad del segundo tramo, las piedras eran más gordas y tocó echar pie a … agua. El caso es que picó el gusanillo en otros expedicionarios, y ahí que lo intentó Omar, también sin éxito, y después naufragaron Ismael y Nacho; y finalmente Fernando. Los demás optaron por partirse la caja y dejar testimonio gráfico de la navegacion y los naufragios.

Luego paramos en una torreta de piedra y madera, ya en Alamed del Valle, donde más que tirar unas fotos hicimos un catálogo completo, desde diversos ángulos. Ya pensábamos en la cerveza, y solo nos quedaba el paso llano junto al embalse; pero como la aventura sabía a poco primero tres se metieron con la bici no sé si esperando que Moisés abriera el embalse. El caso es que él track marcaba por ahí, será que cuando baja el agua por ahí va un sendero. Y luego esos mismos y alguno más cogieron un sendero. Los demás esperábamos una nueva reagrupación a un kilómetro de Ciclo Lodge, pero estos cabronazos, sin avisar, ya habían salido a la carretera y atajado, así que cuando llegamos ya estaban cogiendo turno para las duchas de cuerpo y de la bici, en los vestuarios y boxes que el Hotel puso a nuestra disposición.

Ya sin pelusillas en el culo, y con más sed que el caballo del Lucky Luck nos sentamos en la terracota del restaurante del hotel y dimos cuenta de unos cuantos tercios de una tal Mahou de Bodega, el gazpacho, la tortilla, los perritos, y el café con bizcocho nos dejaron saciados de todo, ya listos para volver a casa. Pero antes nos hicieron una visita guiada por todo el hotel, que nos puso la miel en los labios. Qué pintaza! Por cierto, allí tienen bicicletas para alquilar, rutas preparadas para todos los públicos, e incluso spa, gimnasio y sala para ciclo indoor.

En resumen un buen día de bicicleta, en un entorno idílico, tratados como reyes, y generando buenos recuerdos para el futuro. Gracias a Ciclo Lodge – el Nevero (cuyas instalaciones recomendamos) por el trato recibido, y gracias a Omar y Nacho por acompañarnos.

¡¡¡Vamos ahí!!!